Política Unica en Els Paisos Catalans.

En 1913 se creó el Institut d’Estudis Catalans – IEC, impulsado pòr el mismo Prat de  la Riba para dotarlo de las bases científicas necesarias para hacer creible su fundamentación histórica, cultural, filológica y lingüística.

Se crearon también en Cataluña los estamentos políticos y económicos necesarios para conseguir sus objetivos.

La respuesta social de la burguesía catalana fue  amplia, constante y decidida.

Algunas voces se levantaron denunciando las maniobras pero el escaso eco de sus manifestaciones se perdieron en el vacío de la indiferencia.

Sin embargo y, aunque tenue el eco, llegó a Valencia y, dos años después, en 1915, la Diputación Provincial de Valencia creó la Real Academia de Cultura Valenciana, su fin, sin duda, fue combatir la acción que ya se manifestaba contra la valencianidad y su sustitución por la catalanidad.

Se creó a imagen y semejanza del IEC para combatirlo en su mismo terreno, manteniéndose fiel a sus principios inmutablemente hasta que en los dos años últimos, un grupo de académicos, no mayoritario, fueron abducidos por las circunstancias y por la pérdida de valores e iniciaron acciones internas y externas para cambiar la trayectoria íntegra de tantos años. La oposición tenaz del resto de académicos lo ha impedido hasta el momento.

En realidad, si repasamos la trayectoria de la RACV desde su fundación el 20 de enero de 1915, hace 103 años ya, nos daremos cuenta de que aunque se concibió como un centro de investigación básica y de estudio en todas las ramas del saber humano, salvo en un periodo reciente que podemos situar entre 1980 y 2001, ni se estructuró como tal, ni alcanzó plenitud de función y actividad, salvo en el periodo citado

El motivo es que no contó nunca con un respaldo social amplio, sólido y fundamentado, especialmente de la burguesía valenciana que navegaba por otros rumbos, como lo continúa haciendo ahora a pesar de incorporaciones últimas de gran solera, pero escasas sin duda y sin continuidad.

En realidad la RACV se limitó a la publicación de la Revista Anales de la RACV y los Anejos de Anales, atendidos por las distintas secciones que se crearon para canalizar la acción. Determinadas acciones públicas tuvieron, sin embargo, gran repercusión social. A destacar los trabajos de exploración llevados a cabo por el singular patricio y gran académico Dn. Nicolau Primitiu Gómez Serrano al frente durante años de la sección de

Antropología y Prehistoria.

Tampoco la acción catalanista fue muy intensa, aunque desde finales del siglo XIX aquel sentimiento romántico de germanor concentrado en el llamado occitanismo impregnó a determinados intelectuales valencianos que no consiguieron desprenderse nunca de una cierta inclinación y connivencia con el catalanismo en que los catalanes consiguieron hacer derivar aquel movimiento.

Deriva que, tanto Xavier Casp como Miguel Adlert consiguieron detectar a tiempo y, evitando el “abrazo del oso”, se desligaron completamente del mismo y organizaron la resistencia. Se los puede considerar los auténticos salvadores, comenzando a luchar por la valencianidad a través de la acción continuada valencianista.

Por su parte, Vicente Blasco Ibáñez, pronto advirtió las maniobras catalanistas con manifiesta intención expansiva y destructiva en beneficio propio y de un proyecto político de largo alcance, denunciándolo en repetidas ocasiones y tachándolo de “lepra catalanista” como enfermedad o infección invasiva e incurable. Desde la misma Cataluña algunas voces también advirtieron y denunciaron la acción, entre otros el Dr. Carreras Candi, director de la magna obra “Geografía General del Reino de Valencia” negándose a aceptar la paternidad de la Lengua Catalana sobre las lenguas contiguas afines y ya reconociendo que la afinidad era debida a la evolución a partir de una lengua básica anterior, la ibérica.

En 1918, tres años después de la fundación de la RACV y  54 de Lo Rat Penat hubo un arranque valencianista de cierta entidad y aparente solidez, el Manifiesto Valencianista de 1918 como se le conoce y que este Congreso pretende repristinar y relanzar de nuevo, aunque sin conseguir la estabilidad y continuidad de la propuesta.

En 1932 se firmaron las llamadas Normas de Castellón por el lugar de su firma, cuya elaboración es claro testimonio de la división del valencianismo y la falta de un criterio firme y sólido de la Valencianidad.

En 1962 se produjo un hecho decisivo que marcó un antes y un después.

Juan Fuster, natural de Sueca, y con formación franquista como falangista que fue, aunque se había integrado en la posguerra en un grupo dedicado a mantener la valencianidad, con Xavier Casp. Miguel Adlert, Santiago Bru y otros, publicó su libro “Nosaltres els valencians”, de clara deriva hacia el catalanismo con el que ya estaba en connivencia como reacción contra la clase política y social valenciana dominante totalmente desvinculada de profundos sentimientos valencianistas y de sólidos principios intelectuales, dominando la llamada “coentor”, desprecio a la lengua vernácula y aceptación de lo folclórico más ramplón. La publicación, pues, de “Nosaltres els valencians” por Joan Fuster, en 1962 más la ocupación de varias cátedras universitarias valencianas por especialistas catalanes, Giralt, Tarradell y Dolç en Geografía e Historia, y uno balear, Rosselló, en menor medida Regla, aragonés y en Económicas Ernest Lluch, crearon un caldo de cultivo que nutrió de decidido catalanismo a un grupo de universitarios valencianos que tomaron como guía intelectual y doctrinal la obra del falangista Joan Fuster, sobre la que el mismo Fuster, dotado de un espíritu crítico muy agudo y corrosivo escribió “ Han tomado mi libro como una especie de Catecismo de la Doctrina Cristiana”

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