La Vida en La Tierra hace referencia exclusivamente a los seres vivos, animados, que nacen, viven y mueren en ciclo regular, variable según especies.

En esencia, la Entropía provoca que si un sistema progresa, crece y se desarrolla, convirtiéndose en dominante, necesita hacerlo a costa de otros u otros sistemas que le proporcionan la energía suficiente y necesaria para su crecimiento y progreso. El ejemplo del sistema de la humanidad, de los seres humanos, es el más ilustrativo.

Nuestros antecesores, los primeros homininos, tras la bipedación iniciaron un proceso evolutivo en el que la tecnología, en interacción progresiva con la antropología y la cultura nos ha convertido en la especie animal dominante.

Conviene, antes de proseguir, que acudamos a un proceso semejante, elegido entre otros muchos de los que hay constancia desde que, hace 3.800 millones de años, comenzó la vida en La Tierra. Y lo hacemos por su relevancia y por el interés que suscita su conocimiento, incrementado por los constantes hallazgos en casi todo el planeta. Nos referimos al Mundo de los Dinosaurios

Desde hace 243 millones de años hasta 66 millones dominaron totalmente y, la especie que tras su extinción ocuparía su lugar mucho después, los mamíferos, pudieron subsistir por su pequeño tamaño que les permitía pasar inadvertidos.

¿Por qué se extinguieron? Una explicación, consciente o inconscientemente, recurre a la entropía. La cantidad de metano producida por estos gigantescos animales, especialmente los vegetarianos, tras la digestión del gigantesco volumen de lo consumido, provocó la destrucción de la capa de ozono, el recalentamiento de la atmósfera y, consecuentemente, su abrasión progresiva. Hay otras teorías, pero esta parece la más plausible.

El éxito de la especie se produjo mediante la obtención de la energía de otros sistemas a los que colapsaron, provocando necesariamente el colapso propio.

Y aquí volvemos al centro de nuestro interés, nosotros, mujeres y hombres, seres humanos ya, dominando en La Tierra, “creciendo y multiplicándonos, henchiéndola” según el mandato bíblico.

Somos ya 7.300 millones, este siglo superaremos los 10.000 millones ¿cuánta energía necesitaremos para mantenernos y seguir creciendo? ¿dónde la obtendremos?

Necesariamente de otros sistemas vivos fundamentalmente, de la vida animal y vegetal marina, de la vida animal y vegetal terrestre y de la vida aérea, las aves.

Por supuesto también de la mineral, agua, petróleo, uranio, hierro, cobre, hidrógeno, oxígeno, nitrógeno, etc. etc. Al parecer las consecuencias ya las estamos sufriendo y hay un clamor colectivo contra ellas.

Sabemos que, desde que hubo tierra y agua, comenzaron las glaciaciones, periodos cíclicos de frio intenso seguidos de otros cálidos entre aquellos. Las mejor conocidas comenzaron hace algo más de un millón de años, cuatro de duración desigual, siendo la última, la de Würn, la más corta, comenzando hace unos 100.000 años y terminando al empezar el Holoceno, hace 12.000 años, periodo interglaciar, en el que continuamos.

Desde el 200.000, comienzo de la conocida como Riss, los neandertales, extendidos por toda Europa, desde Gibraltar hasta Siberia y la India, empiezan a depredar la fauna terrestre con su avanzada tecnología, armas arrojadizas que permiten la caza a larga distancia. Depredación que aumenta con el invento del arco a partir del 30.000 a. de Cristo probablemente. Aumento demográfico y ocupación territorial total. La gran fauna desaparece en Europa en líneas generales.

 Hacia el 5.500 a. de Cristo el proceso económico sufre un gran avance, agricultura y ganadería aumentan los recursos y aceleran el aumento demográfico, al tiempo que se roturan tierras y talan bosques, necesariamente. Lo que se prolongará, progresivamente, hasta nuestros días y solo ralentizado por la aparición de enfermedades endémicas provocado por el hacinamiento en las ciudades donde se concentran las poblaciones. Los progresos de la medicina los combaten y la población aumenta, las necesidades alimenticias también, los mares se explotan y especies desaparecen, la fauna silvestre también y en todas partes.

Los desechos de todo tipo, plásticos y otros productos orgánicos o inorgánicos lo invaden todo, especialmente el mar. Los peligrosísimos vertederos se instalan por doquier. El propio volumen de la basura cumulada se convierte en un problema de ubicación y un peligro constante. Enfermedades localizadas se extienden de inmediato y se convierten en pandemias como el reciente Corona Virus, la Gripe, mientras que otras quedan latentes como el Ébola.

La abrumadora producción de metano, CO2,  en los arrozales del sudeste asiático, los 50 millones de vacas en Nueva Zelanda, la actividad agrícola, ganadera e industrial general, al tiempo que se arrasan las selvas amazónicas, reservorio de la oxigenación consecuente, acelera la destrucción de la capa de ozono protectora, proceso similar al de los dinosaurios.

El recalentamiento de la atmósfera consecuente provoca la licuación de los hielos polares y de los glaciares de las altas montañas, con el seguro riesgo de la subida del nivel del mar y la anegación-inundación costera. Recordemos los problemas de Venecia, a la que seguirán miles de otras poblaciones.

La continuidad del periodo interglaciar en que nos encontramos, que debió interrumpirse hace 2.000 años aproximadamente, es otro dato a tener en cuenta. Seré más explicito: si la última glaciación terminó el 10.000 antes del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, hace 2000 años debió reanudarse la 6ª glaciación y no ha sido así, por lo que hay que suponer el principio del recalentamiento con el de la Era Cristiana

El futuro se presenta problemático y la necesaria solución o soluciones no aparecen. Mientras tanto la población aumenta sin cesar, los desechos también, los recursos disminuyen o se convierten en problema. ¿Se colapsará el sistema humano cuando los otros sistemas se colapsen? En todo caso hay que tener en cuenta que la especie humana posee algo importantísimo de lo que carecían los dinosaurios, la inteligencia y la responsabilidad. ¿Se impondrán? Ya vorem.

José Aparicio Pérez. Académico Correspondiente de la Real Academia Nacional de la Historia y Numerario de la de Cultura Valenciana

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