El 9 de octubre es una fecha importante para el Pueblo Valenciano, aunque no sea la de su nacimiento como ha pretendido inútilmente el pancatalanismo. El 9 de octubre marca la incorporación del Reino de Valencia al mundo occidental cristiano del que había sido separado tras la invasión musulmana del 711.

Étnica, lingüística y culturalmente hay pocos cambios. La población continúa siendo la misma, y los escasos conquistadores y repobladores quedan diluidos entre una masa de población con limitadas o nulas diferencias étnicas. Lingüísticamente la aportación fue pobre, máxime cuando el parentesco con los conquistados estaba muy próximo. Culturalmente no hubo nada ya que la autóctona era superior a la importada.

El cambio significativo se realizó en lo religioso y en lo político. La religión oficial fue la cristiana y Jaime I dio consistencia y solidez al anterior reino musulmán de Valencia, cohesionándolo desde la capital del reino moro, que se convirtió en el cap y casal del nuevo estado, incorporado a la Corona de Aragón como un reino más con personalidad jurídica, territorial y política propia, junto al propio Reino de Aragón y al Condado de Barcelona, con los que el de Valencia mantuvo fronteras y aduanas durante toda su existencia.

El pueblo valenciano había nacido muchos milenios antes y la ciudad que proporciona el gentilicio, Valentia, se había fundado mil noventa y ocho años antes de que sus muros contemplasen la elevada cimera del Rey Conquistador rozar el dintel de la puerta de la Xerea, es decir trescientos treinta y nueve años más que los que separan nuestro tiempo de la efemérides que conmemoramos.

La grandeza, sin embargo, del Rey Conquistador no procede del hecho mismo de la Conquista, al alcance de cualquiera si consideramos las aventuras anteriores del Batallador o del Cid, por tratarse de un pueblo pacífico y sabio, dedicado al trabajo, a la ciencia y la cultura, máxime cuando el móvil principal de la misma fue la posesión de nuevas tierras y riquezas que repartir entre sus famélicas huestes. No olvidemos que Valencia era una especie de Eldorado de su tiempo.

Pero, tras la Conquista, Jaime I se dio cuenta que Valencia era otra cosa, que no era un simple botín a repartir, que aquel pueblo de características étnicas tan próximas, de lengua viva y corriente tan similar, de ciencia tan avanzada, de leyes tan perfectas y de cultura tan elevada no podía ser destruido, desagregado y aniquilado en repetido genocidio.

Contra la voluntad de los señores que participaron en la Conquista, tanto aragoneses como navarros, catalanes o de allende los Pirineos, que pretendieron repartirse las tierras, las gentes y las riquezas como si de botín se tratara, por el simple derecho de conquista, el Rey compensó equitativamente a los señores y vasallos que participaron en la misma, respetando al máximo a las gentes y manteniendo la integridad territorial.

Creó un cuerpo legislativo propio que recopiló en Els Furs, donde recogía la legislación consuetudinaria, la costum. Creó nueva y sólida estructura política, apoyado en Valencia capital, que se convirtió en Ciudad-estado, el cap y casal del nuevo reino que tomó su nombre, la Ciutat y Regne de Valencia, desde donde se dirigió la actividad política interna y la vida económica. Se respetó la cultura propia y se toleraron los diferentes credos.

Esta fue, pues, la grandeza del Rey Conquistador, que dio frutos copiosos en los siglos próximos, XIV y XV, al convertirse la Ciutat y Regne en una de las principales ciudades mediterráneas por su riqueza, estabilidad social y cultural.

Evidentemente no nacimos en 1238, pero es fecha trascendental en nuestro devenir histórico porque jalona uno de los períodos más brillantes del mismo y que conviene recordar, como se hace cada año en Valencia.

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