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La grandeza de Jaime I

José Aparicio Pérez
Académico de la RACV

El 9 de octubre es una fecha importante para el Pueblo Va­lenciano, aunque no sea la de su nacimiento como ha preten­dido inútilmente el pancatala­nismo. El 9 de octubre marca la incorporación del Reino de Valencia al mundo occidental cristiano del que había sido separado tras la invasión musulmana del 711.

Etnica, lingüistica y culturalmente hay pocos cambios. La población continúa siendo la misma, y los escasos conquista­dores y repobladores quedan diluidos entre una masa de población con limitadas o nulas diferencias étnicas. Lingüisti­camente la aportación fue po­bre, máxime cuando el paren­tesco con los conquistados es­taba muy próximo. Culturalmente no hubo nada ya que la autóctona era superior a la importada.

El cambio significativo se realizó en lo religioso y en lo político. La religión oficial fue la cristiana y Jaime I dio con­sistencia y solidez al anterior reino musulmán de Valencia, cohesionándolo desde la capital del reino moro, que se convirtió en el ‘cap i casal’ del nuevo estado, incorporado a la Co­rona de Aragón como un reino más con personalidad jurídica, territorial y política propia, junto al propio Reino de Ara­gón y al Condado de Barcelona, con los que el de Valencia man­tuvo fronteras y aduanas du­rante toda su existencia.

El pueblo valenciano había nacido muchos milenios antes y la ciudad que proporciona el gentilicio, Valentia, se había fundado mil noventa y ocho años antes de que sus muros contemplasen la elevada cimera del Rey Conquistador rozar el dintel de la puerta de la Xerea, es decir trescientos treinta y nueve años más que los que se­paran nuestro tiempo de la efe­mérides que conmemoramos.

La grandeza, sin embargo, del Rey Conquistador no pro­cede del hecho mismo de la Conquista, al alcance de cual­quiera si consideramos las aventuras anteriores del Bata­llador o del Cid, por tratarse de un pueblo pacífico y sabio, dedicado al trabajo, a la ciencia y la cultura, máxime cuando el móvil principal de la misma fue la posesión de nuevas tierras y riquezas que repartir entre sus famélicas huestes. No olvide­mos que Valencia era una espe­cie de Eldorado de su tiempo.

Pero tras la Conquista, Jai­me I se dio cuenta de que Va­lencia era otra cosa, que no era un simple botín a repartir, que aquel pueblo de características étnicas tan próximas, de len­gua viva y corriente tan simi­lar, de ciencia tan avanzada, de leyes tan perfectas y de cultura tan elevada no podía ser destruido, desagregado y aniquila­do en repetido genocidio.

Contra la voluntad de los se­ñores que participaron en la Conquista, tanto aragoneses como navarros, catalanes o de allende los Pirineos, que preten­dieron repartirse las tierras, las gentes y las riquezas como si de botín se tratara, por el simple derecho de conquista, el Rey compensó equitativamente a los señores y vasallos que parlicipa­ron en la misma, respetando al máximo a las gentes y mante­niendo la integridad territorial.

Creó un cuerpo legislativo propio que recopiló en Els Furs, donde recogía la legisla­ción consuetudinaria, la ces­tum. Creó nueva y sólida es­tructura política, apoyado en Valencia capital, que se convir­tió en ciudad-estado, el ‘cap i casal’ del nuevo reino que tomó su nombre, la Ciutat y Regne de Valencia, desde don­de se dirigió la actividad políti­ca interna y la vida económica. Se respetó la cultura propia y se toleraron los diferentes credos.

Esta fue, pues, la grandeza del Rey Conquistador, que dio frutos copiosos en los siglos próximos, XIV y XV, al conver­tirso la Ciutat y Regne en una de las principales ciudades me­diterráneas por su riqueza, estabilidad social y cultural.

Evidentemente no nacimos en 1238, pero es fecha trascen­dental en nuestro devenir histórico porque jalona uno de los pe­ríodos más brillantes del mismo y que conviene recordar, como se hace cada año en Valencia.

Diario de Valencia 9 de octubre de 2002

 

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