El acuerdo con Cataluña y Baleares para la unidad de la lengua constituye un último paso de gigante en la deriva de traición al pueblo valenciano, su historia e identidad.

LUIS MIGUEL ROMERO VILLAFRANCA

DECANO Y PRESIDENTE EMÉRITO DEL COLEGIO DE ABOGADOS DE VALENCIA Y DE LA REAL ACADEMIA VALENCIANA DE JURISPRUDENCIA Y LEGISLACIÓN

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Jueves, 6 agosto 2020

La firma por la Academia Valenciana de la Lengua del ‘Acuerdo de cooperación con el Institut d’Estudis Catalans y la Comissió Técnica d’Assesorament Llingüistic de l’Universitat de les Illes Balears, per a una normativa inclusiva i unitaria de la llengua catalana’, constituye, en mi opinión personal, un último paso de gigante en la deriva de traición al pueblo valenciano, a su historia y a sus señas de identidad, de quien, por el contrario, fue creada para defenderlas.

Un Acuerdo de imposición del catalán como «lengua unitaria», redactado por el Institut d’Estudis Catalans, y al que la Academia Valenciana no ha podido modificar ni en una sola coma (como han denunciado algunos de sus Académicos), que conlleva un acto de rendición y subordinación ante los intereses pancatalanistas, que vulnera gravísimamente las competencias de nuestra Academia, su propia Ley de creación, y nuestro Estatuto de Autonomía.

Todos los medios de comunicación han recogido dicho Acuerdo como el de la proclamación de la unidad de la lengua catalana en los tres ámbitos territoriales (La Vanguardia CV 16-7; Levante 16- y 17-7; LAS PROVINCIAS 17-7, 18-7; El Periódico 18-7; Europa Pres 18-7; etc, resaltando «es decir, según el Protocolo firmado entre las tres Instituciones, la AVL, Academia sustentada por el Consell, se apoya en que el valenciano y el catalán sea la misma lengua» (sic).

Este Acuerdo que, digámoslo claro, no es filológico sino político, al servicio de «una llengua, un País», ataca directamente no sólo nuestro Estatuto de Autonomía que proclama en su arto 7 la identidad de la lengua valenciana: «els dos idiomes oficials de la Comunidad Autónoma son el valenciá i el castellá. La Generalitat valenciana garantirá l’us normal y oficial de les dos llengües»; sino incluso a la propia Ley de Creación de la Academia Valenciana de la Lengua que le obliga «a vetllar pel valenciá partint de la tradició lexicográfica, literaria i la realitat lingüística genuina valenciana» (article 3) «i defendre la seua denominació i entitat» (article 7 d).

Señala también la referida Ley que la «Academia Valenciana podrá també tindre relacions horizontals amb les diverses entitats normatives de les altres llengües de l’Estat» (Article 9.2.), lo que aquí vuelve a vulnerarse con este Acuerdo que establece una relación de subordinación con el catalán, al que no considera otra lengua.

Esta clara delimitación de los fines y competencias de la Academia, aquí vulnerados, está claramente perfilada en el Dictamen que emitió para su creación el Consell Valencia de Cultura, Dictamen de tanta relevancia que fue íntegramente recogido en el Preámbulo de la Ley: después de reconocer nuestro legado histórico, «el valenciá arriba a la seua máxima espendor literaria en el segle XV i part del XVI», y de denunciar la politización de la lengua (como en este Acuerdo de la AVL) como un motivo de discordia entre los valencianos que se ha de superar; señala para su superación: «Justament una llengua propia de cultura, el valencia en el nostre cas, viva al carrer i a les institucions, reconeguda com a tal per la societat que té la sort de posseir-la, es un element de gran valor a l’hora

de conformar eixe sentiment comunitaria antesala d’un futur social de progrés».

Ese sentimiento de cultura propia, «en nuestro caso el valenciá», es el que la AVL ha traicionado aviniéndose a adherirse a un Acuerdo que olvida nuestra Historia y desprecia nuestras señas de identidad, vulnerando expresamente los fines de defensa de las mismas para lo que fue creada.

¡Nuestra defensora de la genuinidad de nuestra lengua, es la que la elimina!

Y ante ello, me considero obligado a levantar mi voz, denunciándolo, a título personal, desde mi absoluta independencia de cualquier partido político, por sentirme agredido como jurista y como valenciano por este ataque imperdonable a nuestra legalidad y a nuestra identidad.

No pretendo revivir tristes conflictos pasados, pero pido a quien esto pueda pensar que medite y distinga entre el agresor y el agredido: el sentimiento valenciano.

Y si bien rechazamos con firmeza toda confrontación que no sea pacífica y respetuosa con quien discrepamos, sí que apostamos con fe, cuando se avasalla nuestro derecho, por el restablecimiento del mismo por los Tribunales de Justicia.

Cuando falla, como en este caso, la condición humana de las personas, sometidas a presiones o intereses ajenos, sólo nos queda la fe en las instituciones que nada ni nadie tiene derecho a socavar. En el Estado de Derecho una Administración de Justicia independiente es la garantía en la que confiamos para defender nuestro Derecho y nuestra identidad, y a ella nos sometemos los juristas como medio de restablecimiento pacífico de la verdad, siguiendo el aforismo de Cicerón ‘cedant arma toga’.

Somos conscientes de que hay fortísimos intereses políticos y aún más económicos en contra de lo que aquí se plantea, pero, los que así pensamos, nos basta con tener a favor la historia y la Ley defendida por la Justicia.

Una Justicia que ya ha tenido oportunidad recientemente de hablar, tanto el propio Tribunal Supremo, en sentencia reciente que, como no podía ser menos, ha desatado el enfado de la AVL o, en nuestra tierra, el pasado año cuando anuló el Acuerdo que cedía la autoridad lingüística de la Real Academia de Cultura Valenciana a la AVL. Anulación cuya oportunidad ha

quedado ahora de manifiesto, y que tuve el honor de postular judicialmente por encargo de importantes Académicos de la RACV.

Nuestro sentimiento genuino valenciano (que nuestro Himno engarza con el español), está conformado por una historia secular desde la creación del Reino de Valencia. Esa Historia ahora nos contempla y nos exige hacia un presente que ahora nos requiere, y que, sin duda, en el futuro nos juzgará.

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