CONFIGURACIÓN DE LA CORONA DE ARAGÓN Y SU EXPANSIÓN MEDITERRÁNEA (1238-1492)

By 8 septiembre, 2017 marzo 13th, 2018 Artículo, José Vicente Gómez Bayarri

Profesor Dr. José Vicente Gómez Bayarri

Académico de la Real Academia de Cultura Valenciana

El origen de la Corona de Aragón se remonta al siglo XI y fue el reino de Aragón. En el siglo XII con el matrimonio de doña Petronila con el conde de Barcelona Ramón Berenguer IV se pusieron las bases de la creación de la Corona de Aragón y de su expansión por el Este Peninsular y por el Mediterráneo. Tuvo como base la territorialidad patrimonial del “reino de Aragón” al que los monarcas añadirían entre sus títulos el de “conde de Barcelona”. En el siglo XIII el monarca Jaime I conquistó Mallorca y Valencia; Pedro el Grande incorporó Sicilia y Alfonso el Liberal la isla de Menorca. En el siglo XIV, el infante Alfonso, hijo de Jaime II y futuro rey Alfonso el Benigno ocupó Cerdeña, y Pedro el Ceremonioso recibió el vasallaje de Atenas y Neopatria y reincorporó Mallorca, que se había declarado independiente a la muerte de Jaime I. En el siglo XV, el rey Martín el Humano recuperó Sicilia y Alfonso el Magnánimo conquistó Nápoles.

El 11 de mayo de 1258 se firmó el Tratado de Corbeil, entre Jaime I, rey de Aragón y Luis IX, rey de Francia, en el que se establecía, después de haber surgido ciertas discrepancias, que el monarca francés renunciaba a los derechos sobre los condados de Barcelona, Besalú, Rosellón, Ampurias, Cerdaña, Urgell, Conflent, Gerona y Osona, mientras Jaime I lo hacía a la mayor parte de los territorios del Mediodía francés, y posteriormente aún cedería la Provenza a la casa de Valois y, tras la extinción de ésta, se incorporaría a la Corona francesa. Observamos que el territorio que en la actualidad configuran mayoritariamente las cuatro provincias catalanas estaba atomizado e implantado un régimen feudal. Cada uno de estos feudos independientes tenía escasa entidad política.

El testamento de 1272 de Jaime I y su fallecimiento en 1276 determinaron la separación del reino de Mallorca del resto de la Corona de Aragón. Un hijo del monarca Jaime I, reinará en Mallorca con el nombre de Jaime II (1276-1311). Durante algunos años dicho reino tendrá soberanos propios. En 1349 Mallorca se reincorporaría definitivamente a la Corona de Aragón.

El marquesado de Provenza perteneció a la Corona de Aragón, de forma intermitente, entre 1144-1162; entre 1167-1178, y entre 1185-1196. Los condados de Cerdaña y Rosellón estuvieron incorporados durante años a la Corona de Aragón, perdiéndolos Juan II en 1463 y recuperados por su hijo Fernando II de Aragón en 1493, hasta que se independizaron definitivamente en 1642, aunque el reconocimiento oficial de esta separación se produjo en el Tratado de Paz de los Pirineos en 1659.

En el área mediterránea, Pedro III el Grande incorporó Sicilia, proclamándose rey en 1282, permaneciendo dentro de la Corona de Aragón hasta el año 1296, fecha en que la Iglesia de Roma la desgajó de la dinastía aragonesa hasta 1409 en el reinado de Martín el Humano, quien la heredó de su hijo Martín el Joven. Desde ese año hasta 1713, que se firmó el Tratado de Utrecht y se puso fin a la Guerra de Sucesión a la Corona de España, estuvo integrada en la Corona de Aragón, aunque desde la creación del “Consejo de Italia” por Carlos I, en 1555, fundado para tratar los asuntos de los territorios italianos de Sicilia, Nápoles y Milán, tuvo relación con la Corona de Aragón.

Igualmente, las islas de Córcega y Cerdeña estuvieron bajo la soberanía de los reyes aragoneses al cederlas el papa Bonifacio VIII en 1296 a Jaime II de Aragón. Ahora bien, el título de reyes de Córcega que ostentaron los reyes de Aragón fue puramente nominal ya que no llegaron a ocuparla; sin embargo la isla de Cerdeña sí que se integró en la Corona de Aragón, desde 1322 hasta 1708, después de una serie de negociaciones.

Los reyes de la Corona de Aragón también se intitularon duques de Atenas y Neopatria, al ser ocupados estos ducados por una expedición en 1311 y ponerlos bajo la soberanía de la corona aragonesa que gobernaba también en Sicilia. Más tarde se intitularon reyes de Jerusalén y Hungría, títulos que hay que considerarlos como nominales.

El reino de Nápoles se incorporó a la Corona de Aragón en 1442 en el reinado de Alfonso V el Magnánimo, poseyéndolo hasta su muerte acontecida en 1458. Posteriormente volvió a integrarse en 1503 en el reinado de Fernando el Católico, permaneciendo dentro de la Corona hasta el año 1707, fecha en que pasaría a manos de Carlos VI de Austria.

La desintegración definitiva de la Corona de Aragón se produjo a principios del siglo XVIII, al morir el Habsburgo Carlos II sin descendencia y, tras la Guerra de Sucesión, proclamarse rey el Borbón Felipe V, quien procedió a dictar los decretos de derogación de los fueros que regían en territorios de la Corona de Aragón.

La documentación archivística refleja que las intitulaciones de los reyes que registran la documentación real y otros tipos de diplomas y actas fueron evolucionando en el trascurso del tiempo conforme se iban incorporando territorios o separándose de la potestas regia, bien por derecho de conquista, por herencia o por cesión de soberanía. Un ejemplo de lo manifestado se constata en el pergamino número 38 de la Cancillería Real de los conservados en el Archivo Municipal de Alzira en el que el rey Alfonso V de Aragón – III de Valencia, – concede salvaguardia real a todos los habitantes de Orihuela, Alzira, Onteniente, Cullera, Bocairente, Penáguila, Alicante, Jijona, Corbera, Biar y Caudete; documento dado en la villa de Morvedre el 9 de diciembre de 1428. En él se lee los títulos que poseía el monarca en esa fecha: “Nos, Alfonsus, Dei gracia Rex Aragonum, Sicilie, Valencie, Maioricarum, Sardinie et Corsice, Comes Barchinone, Dux Athenarum et Neopatrie ac etiam Comes Rossilionis et Ceritanie”.

El historiador catalán Jaime Vicens Vives afirmó que la historiografía catalana repetía fábulas sin fundamento, mantenía equívocos y perseveraba en tópicos falsos y peligrosos que no reflejan las fuentes; y planteó dos exigencias: construir la Historia que se desprende de los documentos, e interpretar los hechos históricos sin otra valoración que la que tuvieron cuando acaecieron.
Valencia, 10 de agosto de 2017

Las Provincias. Opinión. Publicado el jueves 24 de agosto de 2017, pág. 26